La IA no vive en un limbo digital; habita en infraestructuras masivas que devoran energía y agua. Un estudio reciente cuantifica la huella de carbono e hídrica de los modelos de IA, revelando que su operación demanda una capacidad energética comparable a la de naciones medianas.
La infraestructura física necesaria para procesar grandes modelos de Inteligencia Artificial (IA) ha comenzado a generar un debate técnico sobre su sostenibilidad a largo plazo. Según una investigación publicada en la revista científica Patterns, las emisiones de dióxido de carbono asociadas a estos centros de datos podrían alcanzar los 80 millones de toneladas anuales. Esta cifra sitúa la huella de carbono de la IA en niveles similares a los de grandes metrópolis globales, planteando un desafío directo para los objetivos de descarbonización corporativa.
El análisis detalla que el principal factor de impacto climático reside en la alta demanda de energía eléctrica. Se estima que los sistemas de IA consumen entre 13 y 23 gigavatios (GW) de electricidad en promedio anual. Para ponerlo en perspectiva técnica, este volumen de energía equivale al consumo eléctrico de un país de tamaño medio o a la demanda continua de decenas de millones de hogares, lo que evidencia la magnitud de la infraestructura necesaria para sostener el procesamiento de datos actual.
A diferencia de otras nubes de datos generales, la huella de la IA en 2025 se proyecta entre los 32,6 y 79,7 millones de toneladas de CO₂. Es importante notar que estas cifras se centran exclusivamente en las cargas de trabajo atribuibles a la inteligencia artificial y no al total de los centros de datos. Este desglose permite a los analistas identificar que la IA no opera necesariamente bajo estándares energéticos más eficientes que el resto del ecosistema digital.
En términos de intensidad de carbono, los centros de datos registraron un promedio de 395,65 gramos de CO₂ por kilovatio hora (gCO₂/kWh) durante 2024. Este dato es relevante porque se alinea estrechamente con la media mundial de generación eléctrica reportada por la Agencia Internacional de Energía (445 gCO₂/kWh). Esto indica que el impacto ambiental de la tecnología está condicionado directamente por la matriz energética de los países donde se ubican los servidores.
La distribución geográfica de estos centros juega un papel determinante en su huella ecológica. Actualmente, Estados Unidos alberga el 45% de esta infraestructura, mientras que Europa concentra el 15%. En estas regiones, las redes eléctricas presentan intensidades de carbono de 321 gCO₂/kWh y 174 gCO₂/kWh, respectivamente. Esta localización permite una ligera ventaja competitiva en términos de emisiones frente a regiones que dependen en mayor medida de combustibles fósiles.
El consumo energético, sin embargo, no es el único factor de presión ambiental; la huella hídrica ha emergido como una variable crítica. Se estima que para 2025, la IA estará asociada al uso de entre 312.000 y 764.000 millones de litros de agua anualmente. Este recurso se emplea tanto en los sistemas de enfriamiento directo de los servidores como de forma indirecta en la generación de la electricidad que los alimenta.
Esta demanda hídrica es comparable al volumen total del mercado mundial de agua embotellada, lo que sitúa a la industria tecnológica como un nuevo actor relevante en la gestión de recursos hídricos. El informe subraya que una parte significativa de este consumo ocurre en zonas geográficas que ya enfrentan situaciones de estrés hídrico, lo que añade una capa de complejidad a la operación de estos centros de datos en contextos locales.
La falta de transparencia en la publicación de datos específicos por parte de las empresas desarrolladoras sugiere que estas estimaciones podrían ser conservadoras. La mayoría de las compañías tecnológicas no desglosan con precisión el consumo energético de sus modelos de IA frente a sus servicios tradicionales, lo que dificulta a las empresas que contratan estos servicios realizar auditorías de sostenibilidad precisas y basadas en datos verificables.
Desde la perspectiva de la gestión de marca y sostenibilidad, la expansión de la IA representa una variable que debe ser integrada en los reportes de responsabilidad corporativa. Si el ritmo de crecimiento de la capacidad de cómputo supera la velocidad de transición hacia energías limpias, las metas de neutralidad de carbono de muchas organizaciones podrían verse comprometidas por el uso extensivo de herramientas de automatización y análisis predictivo.
En conclusión, el progreso de la inteligencia artificial está intrínsecamente ligado a la capacidad de la red eléctrica y la disponibilidad de recursos naturales. La sostenibilidad de esta tecnología dependerá no solo de la optimización del software y los algoritmos, sino de una evolución coordinada en la infraestructura energética global. La medición precisa de estos impactos es el primer paso para una implementación tecnológica responsable y alineada con los límites ambientales.
También te puede interesar: NVIDIA lanza superchips Rubin y cerebro autónomo para autos en el CES 2026