jueves, diciembre 08, 2022
Comunicación

¡A cuidar el capital simbólico!

El sociólogo francés Pierre Bourdieu esbozó el concepto de capital simbólico como una metáfora de la economía para estudiar todo aquello que no se puede considerar como capital económico, humano o social.

Daniel Fernando Sabogal Neira, profesor de la Escuela de Publicidad de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Los títulos o logros académicos han incidido en la elección o en la estabilidad de muchos gobernantes, desde Vladimir Putin a Enrique Peñalosa. Los políticos cuestionados por la validez, plagio o inexistencia de sus logros universitarios parecen ser una epidemia mundial. El escándalo ha salpicado tanto a potencias mundiales como a países en vía de desarrollo, desde el alto gobierno a los poderes locales en Alemania, España, Latinoamérica y, en Colombia, a varios candidatos, funcionarios y alcaldes de ciudades principales, entre muchos otros.

Solo por mencionar unos pocos casos, Pedro Sánchez, presidente del gobierno español, debió salir a desmentir dudas sobre su tesis de grado. Un ministro de defensa alemán debió renunciar a su cargo luego de que se comprobaran acusaciones de plagio. El actual alcalde de Bogotá debió enfrentar un proceso de revocatoria entre otras razones, por dudas razonables sobre la equivalencia de sus estudios superiores, realizados en los años 70. Durante la más reciente elección presidencial colombiana, los candidatos más opcionados debieron enfrentar acusaciones que se hicieron virales en las redes sociales. De Gustavo Petro aparecieron afirmaciones donde le adjudicaban títulos de altos estudios que no pudo aclarar. De Iván Duque, una especialización en Harvard terminó siendo un curso de corta duración.

Capital simbólico

El sociólogo francés Pierre Bourdieu esbozó el concepto de capital simbólico como una metáfora de la economía para estudiar todo aquello que no se puede considerar como capital económico, humano o social. Especialmente, los políticos son vulnerables al escándalo. Ante la desaparición casi total de los antiguos títulos nobiliarios, el personaje público debe exaltar en su discurso títulos escolares, prestigio, reputación u honorabilidad. El manejo estratégico de este capital puede constituir una forma de desarrollar una carrera política.

Uno de los ejemplos más claros de la explotación de esta forma de capital es el colombiano Antanas Mockus. Por medio de su imagen de académico, estudioso, matemático y filósofo se ha mantenido vigente como formador de ciudadanía. Construyó una trayectoria de reconocimiento a largo plazo. Pocos personajes públicos podrían ejecutar las excentricidades que han hecho famoso a Mockus, pues no exhiben esos pergaminos asociados a su pensamiento complejo. A cada una de sus recordadas e irreverentes apariciones simbólicas, tanto el periodismo como los ciudadanos del común le dan el carácter de performance, de un acto providencial y disruptivo.

A lo anterior debemos sumar otras manifestaciones del capital simbólico como sus apellidos, apariencia física y orígenes lituanos. Lo inusitado de su nombre y figura le dan un margen de ventaja en un país acostumbrado a alabar lo extranjero. A decirle doctor a casi cualquier persona, especialmente a quien luce una corbata o pronuncia algunas palabras rebuscadas.

Hay que gestionar la “doctoritis” colombiana

Los políticos y sus asesores deben evaluar qué saldo de capital simbólico tienen en su cuenta y buscar las mejores maneras de explotarlo y defenderse de aquellos contradictores que buscan cualquier inconsistencia o desliz para atacarlos y hacer viral ese error. Como ha sucedido con Petro, con Peñalosa, y con varios parlamentarios, hay quienes contactan a las universidades, en países lejanos, y se toman el trabajo de ubicar la oficina precisa donde le puedan expedir una constancia académica o confirmación de estudios.

Esto demuestra que no se trata de solitarios obsesivos sino de campañas realizadas por movimientos que buscan la transparencia en la política, pero también de estrategias sistemáticas de ataque, desprestigio o siembra de dudas a largo plazo. Aunque polémicas, son armas frecuentes en la arena electoral. Por tal razón, nadie debería dar lugar a dudas o caer en la tentación de inflar o inducir al error en una hoja de vida.

El inusitado escrutinio de los logros universitarios de los políticos

La Declaración de Bolonia (1999) fue el origen de un proceso para hacer compatibles los sistemas educativos europeos y estandarizar las titulaciones. Por eso, algunos políticos que estudiaron antes de esa fecha, tienen problemas en demostrar que aquello que cursaron, hoy equivale a un doctorado o una maestría. Por eso, los estrategas electorales, expertos en marketing político, los asesores de imagen de los candidatos, publicistas y comunicadores dedicados a las campañas electorales, deben tener en cuenta los temas educativos en el plan de acción global de su cliente.

Hay que asegurar la consistencia de los méritos académicos del candidato. Uno de los puntos de la estrategia tiene que definir con rigor los títulos y tesis; cómo gestionarlos, a cuáles hacer referencia; confirmar su veracidad, como también rastrear en línea, en perfiles de actos públicos, dedicatorias y declaraciones a la prensa.

Reputación, un bien preciado

Como en todo manejo de crisis y reputación, se deben aclarar oportunamente los rumores o dudas en la formación del candidato. Hacer la corrección de inmediato cuando un periodista o presentador de evento equivocadamente le adjudique el título de “doctor”. Revisar que en los créditos de una publicación aparezcan los datos correctos, y veraces. Antes de que lo hagan los rivales, alguien del equipo de campaña debe visitar bibliotecas de universidades y solicitar las certificaciones a que haya lugar.

En un mundo donde la batalla electoral se da en las redes sociales, en el espectáculo televisivo, la celebridad y las noticias falsas, quien logre acumular y gestionar sólidos méritos y reputación, puede construir una extensa y exitosa carrera. Por eso el capital simbólico debe ser parte de la estrategia.

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