martes, febrero 24, 2026
Liliana Fernández

La primera vez es euforia.

Es adrenalina.

Es esa descarga química que nos hace sentir invencibles.

Pero la primera vez también es ruido.

Aplauso interno, sorpresa, esa mezcla de alivio y validación que dice “lo logré”, sin que hayamos terminado de entender qué fue exactamente lo que pasó.

Es la emoción de comprobar que algo que soñamos —con más dudas que certezas— finalmente ocurrió. Aunque sea solo por un instante.

Crecer, en cambio, se siente distinto.

Cuando uno crece, la emoción cambia de forma.

Aparece algo mucho menos ruidoso e infinitamente más profundo: la felicidad de la vez que sí es.

Porque cuando algo sucede después de insistir, después de equivocarse, reajustar, atravesar conversaciones incómodas y tomar decisiones conscientes —y muchas veces difíciles—, lo que se siente ya no es euforia.

Es propósito materializado.

Es sentido.

Es coherencia entre lo que se hace, lo que se cree y lo que se sostiene en el tiempo.

Y ahí, sin duda, cambia todo.

La emoción de la primera vez es química.

La felicidad de LA VEZ QUE SÍ ES, tiene significado.

No lo digo solo desde lo personal. Pasa en la vida y pasa también en los negocios y en el entorno profesional.

Nos emocionan los primeros resultados, el primer cliente importante, el primer dato que valida una intuición. Celebramos esos hitos como si fueran la meta. Y claro, lo son… pero solo parcialmente.

El verdadero punto de inflexión no está en ese logro inicial.

Está en la consistencia.

Está en entender qué datos realmente importan.

En aplicar la creatividad desde lugares poco obvios.

En sostener el enfoque justo cuando la novedad se acaba y ya no hay aplausos inmediatos.

Ahí empieza el verdadero trabajo.

No perseguir obsesivamente la sensación de logro, sino construir metodologías que permitan repetirlo con intención y sentido.

Y es en ese proceso donde se vuelven clave la autogestión, el criterio, la disciplina y la capacidad de enfocarse en lo que realmente importa, especialmente en un entorno donde afuera hay una guerra constante por nuestra atención y nuestro tiempo.

Cuando las decisiones y las acciones se alinean con nuestra forma de ver el mundo, los resultados dejan de ser casuales y se vuelven coherentes con el proceso.

Y entonces aparece algo mucho más poderoso que la euforia: la tranquilidad de saber que sí está valiendo la pena.

Porque el verdadero éxito —en la vida y en los negocios— no es lo que ocurre la primera vez.

Es todo lo contrario. Llegan mucho después.

Después de intentos, ajustes, errores, aprendizaje y constancia.

Cuando ya no buscas demostrar nada, sino construir algo con sentido.

Es justo ahí cuando dejamos de perseguir emociones y empezamos, por fin, a construir felicidad.

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Miguel Dallos
Leonardo
Camilo Herrera
26
febrero
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Este encuentro hace parte de un live editorial de marketing político de P&M 360