miércoles, septiembre 16, 2026
Análisis

Brillo, luego existo

Me pasó a mí y ahora te va a pasar a ti.

El brillo siempre ha sido considerado como algo “lobo”, superficial, exagerado, popular. Algo que adorna, pero que difícilmente puede ser tomado en serio y, mucho menos, considerado arte.

Hoy, después de que Kylie Jenner decidiera volverlo a usar, el bedazzled vuelve a aparecer sobre objetos de la cotidianidad, empaques, cuadernos, accesorios, alimentos y, por supuesto, en las marcas.

Pero no estamos simplemente frente a una moda de cristales que, por cierto, existe desde hace años. Estamos frente a una necesidad cultural de volver a personalizarlo todo, sin pensarlo tanto. Que, a mi modo de ver, pareciera ser una protesta después de tantos años de sometimiento al beige, a los espacios minimalistas, al aesthetic, al clean look, al old money y a casi todo lo que se sienta “bien cuidado y curado”.

Yo llegué al brillo mucho antes de saber que algún día tendría un nombre como bedazzled. Una obsesión desde niña que fue evolucionando hasta convertirse en mi proyecto de vida.

De hecho, la palabra viene de bedazzler, una herramienta creada para aplicar pequeños cristales, taches y adornos sobre diferentes superficies. Y me encanta pensar que, de alguna manera, esa palabra terminó poniendo nombre a algo que para mí llevaba años siendo una forma de mirar y de hacer.

Desde hace más de una década colecciono, transformo y trabajo con todo tipo de materiales reflectivos. Lo que comenzó como una exploración estética, desde mi trabajo como creativa copy en una agencia de publicidad, terminó convirtiéndose en un lenguaje artístico y, con el tiempo, en una manera de relacionarme con proyectos de categorías completamente diferentes y con marcas como Absolut, Google, Disney Pixar, Apple, Johnnie Walker, Hatsu, Pantone, entre otras.

Pero ¿por qué atreverse a tanto como marca?

Tal vez porque lo brillante guarda un mensaje ancestral de supervivencia: está en los destellos del agua, en las frutas, en la naturaleza que siempre refleja la luz. Brillamos porque algo está vivo, porque algo quiere ser visto.

O tal vez porque aprendimos a entender que lo que brilla tiene más valor, merece ser visto y, por lo mismo, es importante; algo que los egipcios ya sabían cuando convirtieron el oro en símbolo de lo divino, la realeza y el poder.

Con el tiempo entendí que las marcas habían llegado para salvarme del extraño mundo de la industria del arte y de sus rutas tradicionales, que a veces son complejas de transitar. Las marcas me permitieron hacer algo que parecía improbable: llevar mi universo a sus narrativas y, al mismo tiempo, hacer arte desde otro lugar.

Un lugar más cercano, más popular, más cotidiano y, sobre todo, más libre.

Hoy veo cómo aquello que durante años parecía demasiado, demasiado brillante, demasiado popular o demasiado poco serio, vuelve a ocupar un lugar en la cultura visual. Y me resulta muy gratificante.

Porque quizás el verdadero valor de una tendencia no está en llegar primero a ella, sino en haber construido una mirada antes de que los demás encontraran la palabra para nombrarla.

Y yo, por si acaso, seguiré en la tendencia después de que pase la tendencia. Gracias por este espacio.