martes, febrero 17, 2026

Fidelización, credibilidad y confianza. Las audiencias son cada vez más críticas: creen menos en lo que ven y más en aquello que las conecta. Una breve reflexión sobre los embajadores como motor de crecimiento de marca.

Hoy más que nunca, las marcas invierten en embajadores, influencers, líderes de opinión, deportistas, aliados estratégicos con la expectativa de impulsar las ventas, aumentar el tráfico y generar visibilidad. De hecho, según datos de la firma Mordor Intelligence, el tamaño del mercado de marketing de influencers alcanzó en el 2025 una valorización de USD 31.070 millones y se estima que para el 2031 llegue a los 152.560 millones, lo que demuestra el furor de este negocio.

No obstante, pese a la fuerza de este mercado, es clave entender que el valor de un embajador no se mide solo en la conversión inmediata en el punto de venta, es una apuesta que cobra sentido a largo plazo y que se construye con el tiempo, con un discurso que transmita lo que la marca significa. En el ejercicio de las comunicaciones y las relaciones públicas hay una premisa esencial: las historias son la materia prima de la profesión. No se trata de relatos vacíos ni de narrativas construidas a partir de fórmulas, sino de historias que nacen del corazón de las personas y de las marcas. Historias atravesadas por realidades, frustraciones, sueños y triunfos, y que, precisamente por eso, convierten un mensaje en algo memorable y no en simple ruido digital.

Un embajador no es solo un canal, ni tampoco un espacio publicitario con rostro humano. Es una persona con historia, criterio, comunidad y, sobre todo, con una reputación construida a lo largo del tiempo. Cuando una marca se asocia con alguien que no comparte su visión, su propósito o su forma de ver el mundo, esa incongruencia tarde o temprano se nota. Y cuando se nota, cuesta caro.

En múltiples ocasiones, campañas impecables en su ejecución han fracasado por una razón simple: no existe verdad detrás del mensaje. El embajador hablaba, pero no creía; mostraba, pero no sentía; publicaba, pero no conectaba. En un entorno donde las audiencias son cada vez más críticas y menos ingenuas, esa ausencia de autenticidad se traduce en indiferencia o desconfianza.

Y es que firmar un talento es un compromiso, un matrimonio para ser más radical, sin embargo, y volviendo a la credibilidad y la confianza, debe ser un matrimonio feliz, un matrimonio donde exista la convicción más allá de un compromiso notariado o, como en este caso, un documento contractual.

Como marca y mucho antes de siquiera pensar en firmar un talento, se debe conocer con quién se va a trabajar: su historia, su carrera, qué significa, qué valores transmite y qué valores se van a compartir. Se debe tomar el tiempo de conocerlos, de entender qué los mueve y qué límites no están dispuestos a cruzar. Así pues, la relación deja de ser transaccional y se convierte en una alianza. Una donde ambas partes crecen, aprenden y construyen algo que va más allá de una campaña puntual.

Conectar desde los valores implica renunciar, en ocasiones, a resultados inmediatos. Implica apostar por relaciones a largo plazo, por conversaciones más profundas y por impactos que no siempre se reflejan en un reporte mensual. Pero también implica ganar algo mucho más valioso: confianza. Y en comunicación, la confianza es el activo más poderoso que existe.

Las marcas que entienden esto dejan de preguntar únicamente “¿cuánto vende?” y empiezan a cuestionarse “¿qué estamos diciendo de nosotros como marca?”. Porque cada embajador habla no solo del producto, sino de la ética, la cultura y la coherencia de la empresa que representa.

Hoy, en un ecosistema saturado de mensajes, descuentos y promesas, las audiencias no buscan marcas perfectas; buscan marcas honestas que sean fieles a lo que dicen defender. Y los embajadores son la prueba viva de esa coherencia.

Al final, las marcas que logran conectar de verdad no son las que más pagan, sino las que mejor eligen. Las que entienden que los valores no se negocian, se comparten. Porque cuando un embajador cree, la audiencia siente. Y cuando la audiencia siente, la conexión deja de ser publicidad y se convierte en relación.

También le puede interesar: Festival Ondas: el nuevo formato de experiencia musical en Bogotá

Miguel Dallos
Leonardo
Camilo Herrera