miércoles, febrero 11, 2026
Laura

Iniciar el 2026 hablando de comunicación implica, inevitablemente, hablar de desconfianza. No solo de la que sienten las audiencias frente a los mensajes que reciben, sino de la que hoy atraviesa al ecosistema mediático en general.

El cierre de medios, la reducción constante de redacciones y movimientos como la reciente fusión entre Caracol y La W no son hechos aislados ni anecdóticos: son señales claras de un sistema informativo que se está transformando, mientras muchos siguen comunicando como si nada hubiera cambiado.

Hoy hay menos periodistas, menos tiempo para investigar y más presión por publicar rápido. Al mismo tiempo, hay más canales, más opiniones y más ruido. El resultado es una paradoja compleja: nunca se había hablado tanto y, sin embargo, nunca había sido tan difícil generar credibilidad. En este escenario, la pregunta clave para marcas, empresas e instituciones no es dónde aparecer, sino cómo comunicar cuando la confianza ya no es un punto de partida, sino un territorio en disputa.

La reducción de medios y periodistas no solo impacta la agenda informativa; también cambia las reglas del juego para quienes buscan contar historias desde el mundo corporativo. Con redacciones más pequeñas, los filtros se endurecen, la tolerancia al discurso vacío se reduce y el margen de error se vuelve mínimo. Un mensaje mal planteado, una vocería improvisada o una reacción tardía pueden convertirse rápidamente en crisis reputacional.

A esto se suma un fenómeno que muchas veces evitamos nombrar: la pérdida de credibilidad no afecta únicamente a los medios tradicionales. También golpea a las marcas. Las audiencias están cansadas de los mensajes prefabricados, de los claims que prometen más de lo que sostienen y de los discursos que no se reflejan en acciones reales. Hoy el público escucha, pero no cree automáticamente. Contrasta, duda y, cuando no encuentra coherencia, simplemente se va.

En este contexto, el rol del vocero adquiere un peso estratégico enorme. Sin embargo, seguimos viendo líderes que salen a hablar sin preparación real, confiando en su cargo más que en su mensaje. Voceros que reaccionan desde la emoción, que improvisan frente a temas sensibles o que confunden visibilidad con liderazgo. En un entorno de desconfianza, una frase fuera de lugar no es solo un error: es un riesgo que se amplifica en tiempo real.

Aquí es donde el PR deja de ser un ejercicio táctico y recupera su dimensión más estratégica y menos glamorosa. Hoy no se trata de salir en todos los medios, sino de entender cuáles siguen siendo relevantes, cómo funcionan, qué necesitan y qué tipo de historias están dispuestos a contar. Se trata de priorizar calidad sobre cantidad, contexto sobre velocidad y criterio sobre ansiedad.

El verdadero trabajo de la comunicación hoy ocurre, en gran parte, detrás de escena. En la preparación rigurosa de voceros, en la construcción de mensajes honestos, en la lectura fina del entorno y en la capacidad de decir esto no se comunica o esto no se dice así. Decisiones que no siempre son cómodas, pero que marcan la diferencia entre construir reputación o erosionarla.

Además, el PR cumple un rol clave como traductor entre mundos que muchas veces no se entienden: el de las organizaciones, el de los medios y el de las audiencias. En tiempos de desconfianza, ese puente se vuelve indispensable. No para maquillar realidades, sino para explicar, contextualizar y asumir responsabilidades cuando corresponde.

La coyuntura mediática actual nos obliga a replantear preguntas incómodas. ¿Estamos preparando a nuestros líderes para conversar y no solo para declarar? ¿Estamos entendiendo el momento que viven los medios o seguimos exigiendo espacios como si nada hubiera cambiado? ¿Estamos apostando por relaciones de largo plazo o solo por impactos inmediatos?

Comunicar en 2026 ya no es amplificar mensajes. Es elegir con cuidado qué decir, cuándo hacerlo y desde dónde. Porque cuando los medios cambian y la confianza se debilita, comunicar mal no solo es un error estratégico: es un lujo que cada vez menos organizaciones pueden darse.

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