miércoles, marzo 18, 2026

Lunes, 5:30 a.m. (hora Colombia). Abro los ojos tras distinguir el sonido de mi alarma entre las imágenes del realismo mágico que a veces parecen mis sueños. Aún dopada por la melatonina, busco mi celular en un intento de activar mi cerebro. Entonces se reactiva el tsunami de la Inteligencia Artificial (IA).

Noticias sobre la nueva herramienta que promete finalmente alcanzar los niveles de eficiencia que generen retorno de inversión. El lanzamiento del nuevo modelo de Anthropic y la respuesta tanto por OpenAI como por Google. Imágenes, videos y voces cada vez más realistas. Las disputas mundiales por minerales raros y las preocupaciones por escasez de memoria RAM que, a pesar de sentirse lejanas a mi realidad, aterrizan en mi contexto en forma de daño colateral sin derecho al pataleo. Y para cerrar la ronda de scrolling en redes sociales, acompañada por al menos dos capítulos de podcast y unos cuantos newsletters, aparece el titular que dice: “Estas son las profesiones que serán reemplazadas por la IA”.

Si su profesión alguna vez ha estado en esa lista, estoy segura de que me entiende. Es más, si su profesión no ha estado en esa lista, quiero decirle que lo/a admiro. Al principio, esa lista se componía básicamente de abogados y conductores de camiones; hoy incluye programadores, ingenieros, publicistas, consultores y hasta científicos. Cada día que pasa desde el lanzamiento de ChatGPT es un reto tanto para las organizaciones como para los profesionales que las componen. Todos operamos entre el FOMO (del inglés “Fear of Missing Out”) corporativo, el síndrome del impostor tecnológico, la ansiedad estratégica generada por querer anticiparse a los cambios, y la polarización extrema entre la verdad y la mentira, la revolución o la burbuja, el apetito o la aversión al riesgo. A esto se suma la presión de cumplir con las expectativas de la administración en aguas de movimiento y cambio de rumbo constante. Todos, especialmente los que hemos encabezado la lista de “reemplazados”, queremos salvar nuestros puestos de trabajo mediante la adquisición de nuevas habilidades en IA. Queremos aprovecharla de la mejor manera posible para innovar, transformar, sobrevivir, anticipar, todo esto para cumplir con las expectativas.

Pero más allá de las listas y los titulares, lo que realmente importa es cómo reaccionamos ante ellos. Esta lucha por la supervivencia, liderada por el cortisol, suele sacar los atributos más impulsivos y difícilmente controlables del ser humano: el miedo, el ego, el sobreproteccionismo y la ansiedad son algunos de ellos. Muchos se refieren a este contexto como “AI hype” o la “ola de IA”, no obstante, estas expresiones subestiman el nivel catastrófico que se avecina, por lo que decidí nombrarlo el “Tsunami de la IA”.

¿Y qué sucede en medio de este tsunami? Surgen los abogados que, mediante el uso de modelos de lenguaje, crean sistemas para automatizar procesos repetitivos, diseñan versiones interactivas y gráficas de sus documentos, realizan estudios de mercado y vencen sus miedos contra Excel. De igual forma surgen vendedores que redactan sus propios contratos, publicistas que crean piezas audiovisuales con estrellas de Hollywood en minutos y al precio de 20 dólares al mes, e ingenieros químicos que escriben y producen piezas musicales que se vuelven virales en redes sociales. Y aunque todo esto, en principio, suene emocionante e innovador, muchas de estas capacidades traen consigo riesgos ocultos que, con el tiempo, terminan por salir a la luz: contratos con errores legales, piezas audiovisuales que infringen derechos de autor, o contenido que daña la reputación de una marca.

Entonces, ¿cuál es la salida? Por más de que la “innovación” sea sinónimo de “cambio” o “perfeccionamiento”, esto no debe concebirse como borrón y cuenta nueva ni como el reemplazo de una profesión por otra. La respuesta está en la colaboración. En el caso de diseñadores y abogados, por ejemplo, la sinergia produce un producto de legal design (diseño legal) capaz de “matar dos pájaros de un solo tiro”: disminuir la tasa de incumplimiento contractual gracias a un entendimiento profundo de las obligaciones de ambas partes.

Esta idea de colaboración me a pensar en Benito Antonio Martínez Ocasio, cuando dijo: "Todos somos América". Ese llamado a la unidad en medio de los extremos aplica también para el Tsunami de la IA, pues nos invita a dejar de lado los impulsos descontrolados, el miedo y el estado constante de caos y emergencia, para dar paso a la unión de fuerzas. Una unión que debe ponerse al servicio de la innovación que refuerza procesos preexistentes y logra cumplir metas que por muchos años habían sido consideradas imposibles. Al final, se trata de aquello que verdaderamente deseamos todos: cambios que construyen, no que destruyen.

Si bien es cierto que fenómenos naturales como los tsunamis jamás se podrán eliminar y, por lo tanto, aquellas zonas costeras jamás podrán estar completamente a salvo, con la consciencia y el liderazgo adecuados, estas zonas podrán contar con los recursos, la infraestructura y los procesos necesarios para, a pesar de lo inevitable, sobrevivir e impedir una catástrofe. De igual forma, las organizaciones que adopten este enfoque podrán evitar quebrarse como producto de inversiones reactivas en vez de estratégicas. Sus marcas serán enaltecidas y más valoradas, en lugar de resultar desprestigiadas. Sus recursos serán destinados a proyectos de innovación y desarrollo de negocios, en vez de disputas ante jueces o árbitros. Serán cada vez más atractivas para la inversión, lo que verdaderamente permitirá alcanzar las "promesas de la IA". Estas sinergias se logran a través de modelos de gobierno diseñados a la medida de cada organización, impulsados por un liderazgo consciente.

Si usted se sintió identificado con esta lectura, quiero decirle que solo entonces, al abrir los ojos a las 5:30 de la mañana y comience el tsunami de la IA el sentimiento ya no será de ahogo, sino de surfeo en las emocionantes olas que seguirán componiendo el día a día. ¡Qué delicia despertar así!

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