miércoles, junio 03, 2026
Miguel Dallos

Durante años, el mercado vivió instalado en una confianza bastante cómoda. Tal vez demasiado cómoda. Daba por hecho que siempre habría una manera de empujar un poco más el deseo, de volver un poco más frecuente la recompensa y de convertir otro impulso menor en una ocasión de consumo perfectamente válida. Un snack a media tarde, un whisky como premio por haber sobrevivido al día, un café que ya no responde al sueño sino a la costumbre, al gusto o a la simple necesidad de acompañarse con algo. Y, para ser justos, esa lógica funcionó extraordinariamente bien.

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