sábado, enero 10, 2026

La reconfiguración política en Venezuela ha disparado la confianza en los mercados financieros, planteando un análisis necesario sobre la convergencia entre la seguridad energética y la preservación del marco soberano.

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas de Estados Unidos ha generado un sismo financiero cuyas ondas de choque se han sentido con especial fuerza en el parqué de Nueva York. Las principales corporaciones energéticas han visto cómo sus valoraciones se disparaban en cuestión de horas, reflejando una confianza renovada en el control estratégico del Hemisferio Occidental por parte de Washington.

El mercado ha interpretado las declaraciones de Donald Trump como una señal de salida para la mayor redistribución de activos petroleros de las últimas décadas. Al señalar que las compañías de Estados Unidos liderarán la reconstrucción del sector en Venezuela, el presidente estadounidense ha convertido una acción militar en una oportunidad de expansión corporativa.

Chevron, que ya mantenía una presencia mínima y condicionada en suelo venezolano, ha encabezado este repunte con alzas que superan el 7 %. Los inversores apuestan a que esta corporación será la primera en recibir concesiones plenas para operar los campos más lucrativos de la Faja del Orinoco, ahora bajo una administración tutelada por los intereses estadounidenses.

No se trata solo de las operadoras directas; el entusiasmo ha contagiado a los gigantes de servicios como Halliburton y SLB, cuyas acciones han hasta un 10%. Estas compañías son las que poseen la tecnología necesaria para resucitar una infraestructura que ha sufrido años de abandono sistémico, lo que las convierte en las primeras beneficiarias de la "reconstrucción".

A pesar de este frenesí en la bolsa, el precio del barril de petróleo a nivel global se ha mantenido curiosamente estable. Esta desconexión sugiere que el mercado no teme por el suministro actual, sino que está especulando con la propiedad de las reservas a largo plazo, confirmando que la guerra, en términos bursátiles, es un negocio de expectativas.

Es fundamental señalar que, incluso bajo el prisma de una dictadura como la de Nicolás Maduro, la intervención militar de Estados Unidos reabre un debate histórico sobre la jerarquía de las normas internacionales. Si bien el autoritarismo del régimen venezolano justifica para muchos una acción de fuerza, el principio de soberanía nacional no debería ser una moneda de cambio.

Ignorar este principio sienta un precedente peligroso en el que la integridad de cualquier nación queda supeditada a los intereses estratégicos o económicos de una potencia extranjera. La entrada de tropas y la captura del mandatario no solo desmantelan un sistema político fallido, sino que plantean el dilema fundamental de si una estructura democrática puede desarrollar raíces institucionales sólidas cuando su origen no emana de un consenso social interno, sino de una arquitectura política impuesta por una potencia externa.

El camino hacia la rentabilidad real de esta operación está lleno de obstáculos que el optimismo de Wall Street parece ignorar. Recuperar la capacidad productiva de Venezuela requerirá inversiones que superan los cien mil millones de dólares y, sobre todo, una pacificación total que difícilmente se logra únicamente mediante la ocupación militar de las cuencas petroleras.

Para el inversor, este movimiento representa el retorno de la "diplomacia del petróleo" en su forma más pura y cruda. Bajo esta lógica, el objetivo principal pasa a ser la seguridad del suministro energético en la región, lo que relega a un plano secundario tanto la libre competencia de los mercados como la capacidad de decisión propia de las instituciones locales.

El repunte de las corporaciones de Estados Unidos proyecta una apuesta por la estabilidad operativa en una región clave, aunque el éxito de esta transición dependerá de variables que exceden lo bursátil. La viabilidad de la reconstrucción venezolana no se determinará únicamente por la eficiencia en la reactivación de sus yacimientos, sino por la capacidad de consolidar un marco institucional que logre armonizar la apertura al capital extranjero con el restablecimiento de una gobernanza nacional autónoma y sostenible.

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