martes, marzo 24, 2026
Vida y Obra P&M

Camilo Herrera: donde empieza el sentido

A propósito de los 20 años de RADDAR, P&M comparte el especial de "Vida y Obra" sobre Camilo Herrera. El texto hizo parte de la edición 500 de la revista, y destaca la trayectoria de este referente del mercadeo y la publicidad en Colombia y América Latina.

Camilo Herrera no está en el negocio de las cifras, sino en el de lo invisible. En el negocio de mirar el país desde la hoja de un Excel y entender, entre filas y columnas, la historia secreta de cómo vivimos. Durante años, ha insistido en una idea sencilla y brutal: que el consumo es una forma de verdad. Que un recibo de mercado puede decir más sobre una sociedad que mil discursos.

A los veinte años, quería ser militar, luego cura; terminó economista. En una clase, uno de sus profesores de universidad dibujó en el tablero las curvas de oferta y demanda. En ese cruce, donde el mercado encuentra su equilibrio, vio algo que no volvió a soltar: el comportamiento humano convertido en ecuación. Desde entonces, su vida ha sido buscar el alma de un país en sus números.

Su educación, sin embargo, no fue solo económica, también fue filosófica. En la Javeriana, cursó una maestría en filosofía porque, según un cura que lo conocía bien “era demasiado matemático y había que equilibrarlo”. Lo que parecía una digresión terminó siendo su punto de quiebre. En la filosofía encontró la duda; en la economía, la herramienta. Entre ambas construyó su método: pensar como un humanista y calcular como un científico.

Tuvo maestros que lo marcaron para siempre. De Ronald Inglehart, director de la Encuesta Mundial de Valores (World Values Survey, WVS), aprendió que los números son una forma de narrar lo invisible. De Howard Moskowitz, el padre de la segmentación moderna, aprendió que todo dato necesita un experimento para volverse verdad. Y de Lina Echeverri, su mentora en el CESA, entendió que enseñar es también una forma de investigar.

Fundó Raddar con una deuda al cuello y una obsesión: medir lo que nadie medía. No las ventas, sino las decisiones; no el mercado, sino los hogares. Lo hizo desde la sala de su casa, convencido de que Colombia podía ser contada a partir de su gasto cotidiano. Dos décadas después, esa convicción es un método. Hoy, Raddar mide lo que los demás ignoran: el peso emocional de una compra, el precio del deseo, el valor del tiempo.

Herrera habla de datos con la ternura de quien habla de personas. Es daltónico, por lo que sus gráficas parecen explosiones de color, pero detrás de ese caos hay una claridad extraña: la de quien duda. Por eso, repite a sus investigadores que ningún número es perfecto y que la duda es la forma más alta de rigor. En Raddar no se forman empleados, se forman pensadores. Con su política de primer empleo, Herrera convirtió Raddar en un semillero de investigadores. Todos empiezan igual: limpiando bases de datos, el trabajo más tedioso y paciente del oficio. Ahí aprenden que los números también tienen cicatrices. De ese proceso no sale una nómina, sino una generación de consultores que entendieron que analizar no es solo calcular, sino comprender a las personas detrás de cada dato.

En la pandemia tomó una decisión que explica su ética: no despedir a nadie. Transformó los estudios mensuales en mediciones diarias, entregó información clave al gobierno, donó unidades de cuidados intensivos e, incluso, transfirió dinero a encuestados que pedían ayuda. “No podía salvar vidas con estadísticas –dice–, pero podía hacerlo con acciones”.

En sus conferencias, el país lo escucha con atención. Sostiene que el market share no sirve para entender el mundo, que la verdadera batalla se libra en el pocket share, el indicador base de Raddar que hoy usa el Banco de la República que mide ese pequeño espacio del bolsillo, y del alma, donde se decide qué se compra, qué se posterga y qué se sueña en cada hogar colombiano.

Camilo Herrera ya no dirige Raddar, pero su voz y su esencia siguen ahí, en cada informe, en cada pregunta sobre el porqué de lo cotidiano. En su oficina, un gato de Cheshire sonríe desde un estante. A veces, lo mira y afirma que el futuro no está en las máquinas, sino en quienes sepan traducir el ruido del mundo al lenguaje humano.

Porque en el fondo, lo suyo no son los números. Es otra cosa. Una fe inquebrantable en que, si se mira lo suficiente, toda sociedad, como toda persona, termina confesando quién es.

Este texto hace parte de la edición 500 de la revista impresa de P&M, y es uno de los cinco premios Vida y Obra que el medio ha entregado en su historia.