viernes, julio 24, 2026
Susan

La inteligencia artificial nos prometió el cielo de la productividad, pero nos está regalando el infierno de la monotonía en las redes. Desde ilustraciones sobrecargadas hasta posts de LinkedIn que parecen escritos por clones corporativos; cuando el cliente decide jugar a ser creativo con un bot, el resultado es el promedio matemático de internet. Y el promedio no vende.

Navegar hoy por el feed de redes sociales como Instagram, LinkedIn, X o TikTok genera una profunda fatiga visual y conceptual. Si borrara los logotipos de cinco marcas competidoras de una misma categoría, sus campañas publicitarias se verían exactamente iguales. Pero la homogeneización ya no se limita a las imágenes; ahora ha colonizado las palabras.

Los copys, los captions de las publicaciones y hasta los textos de opinión en perfiles de LinkedIn de altos cargos hoy se leen bajo la misma plantilla robótica. Todos usan los mismos ganchos predecibles, listas de viñetas idénticas y un tono de falsa empatía corporativa redactado por el mismo software. En algún punto de la transformación digital, el prompt devoró al concepto, y la originalidad fue reemplazada por un desfile monótono de marcas y líderes clonados.

Con la llegada de herramientas de inteligencia artificial generativa cada vez más potentes y accesibles, el superpoder de crear contenidos complejos en segundos se democratizó por completo. El problema es que confundimos el libre acceso a la herramienta con la capacidad de diseñar una marca con propósito o de escribir con una voz propia. Hoy, el verdadero peligro en nuestra industria no es la tecnología en sí misma; es la alarmante comoditización de la mediocridad estética y discursiva.

Hay una nueva especie de líderes de mercadeo —afortunadamente no todos, pero sí un grupo ruidoso— que han descubierto ChatGPT, Midjourney, Gemini o Copilot y han decidido jugar a ser directores de arte y redactores. El síntoma es casi siempre el mismo: el cliente llega a la agencia, se salta el proceso del brief y planta sobre la mesa un collage de imágenes y textos generados en su propio computador. “Quiero exactamente esto”, dicen con el orgullo de quien cree haber resuelto la gran campaña del año en su hora de almuerzo.

Aquí es donde el tiro nos sale por la culata a todos en la industria. Cuando un director de mercadeo intenta pautar y guiar el estándar de su marca basándose en piezas genéricas de IA, está cometiendo un error estratégico de proporciones fatales. La máquina no conoce la identidad profunda de su empresa, no entiende el comportamiento real de su consumidor local, no tiene memoria histórica de la marca y, lo más grave, es incapaz de buscar la diferenciación competitiva. La IA solo sabe promediar datos. Por definición, todo lo que produce está construido sobre la base de lo que ya existe en internet. Si tu guía creativa es el promedio matemático de la red, tu marca terminará viéndose e interpretándose de forma idéntica a todo lo demás. Estás pagando activamente por invisibilidad comercial.

Esta preocupante tendencia está ahogando la creatividad de las agencias y matando el criterio de directores de arte y redactores. Nos estamos convirtiendo en meros "limpiadores de prompts", adaptando captions planos y composiciones visuales sobrecargadas de información que el algoritmo le arrojó al cliente. Pasamos de resolver problemas reales de negocio mediante el diseño estratégico, a complacer el sesgo de un líder de mercadeo fascinado con su nuevo juguete tecnológico.

No me malinterpreten. No soy un ludita digital, ni pretendo romantizar el pasado. En mi agencia usamos IA todos los días. Es un acelerador brutal y un copiloto increíble para explorar ideas abstractas, estructurar flujos iniciales o expandir los límites de nuestra imaginación. Pero la inteligencia artificial debe ser el cincel, jamás el escultor. Funciona de maravilla como punto de partida para la co-creación libre, pero es un pésimo destino final.

El valor real en este entorno saturado está en el criterio humano, en la curaduría y en la capacidad de decir "esto es basura genérica". El gran reto de las agencias hoy es educar al cliente, recordarle que hacer una imagen bonita o escribir un párrafo estructurado no es lo mismo que diseñar una estrategia de comunicación viva. Volvamos a conectar con el concepto puro, a valorar el lienzo en blanco y a defender la dirección de arte y de contenido. En un mundo donde todos usan los mismos algoritmos, el único algoritmo que de verdad importa sigue siendo la autenticidad humana.

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Miguel Dallos
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Fabian ruiz