miércoles, julio 01, 2026
Susan

Si basas tus relaciones comerciales en el regateo del precio, no estás comprando estrategia; estás comprando un commodity. Hace poco decidí retirarme de una licitación porque el cliente pretendía ponernos a competir frente a opciones más baratas. ¿Arrogancia? No, pura supervivencia y respeto al talento. Esta es la historia de por qué el cliente que menos quiere invertir siempre termina siendo el más costoso para tu operación.

Hace poco, un cliente potencial nos puso en la típica encrucijada del mercado: "Me encanta su propuesta, pero tengo tres agencias compitiendo que me cobran una fracción de lo que ustedes piden. Si se bajan un poco, cerramos ya". En otro momento de mi vida profesional, quizás habría entrado en pánico o habría recalculado costos estirando la operación al límite para "ganar" la cuenta. Hoy, mi respuesta es un rotundo, maduro y respetuoso: no, gracias. Me hago a un lado. Si algo me han enseñado los años en este negocio, es que esa película ya me la sé de memoria y jamás termina bien; es la crónica de un desastre anunciado.

Existe una regla no escrita en el mundo de los servicios: el cliente que menos paga es, invariablemente, el que más demanda, el más difícil de comprender y el que más tiempo absorbe. Cuando basas una relación comercial en el regateo del precio, el cliente no está comprando tu valor estratégico; está comprando un commodity. Y como te ve como un gasto y no como una inversión, su nivel de exigencia se vuelve desproporcionado e inflexible. Terminas ahogando a tu equipo, saturando la operación y quemando horas en un pozo sin fondo que, al final del mes, solo deja un margen en números rojos. No tiene sentido.

Lo más paradójico de esta dinámica es que muchos de estos clientes que pretenden mutilar tus tarifas, cuando se dan la vuelta y se enfrentan a sus propios clientes potenciales, ahí sí no ceden un solo centavo. Cuando ellos venden su producto o servicio, defienden el valor de su marca con uñas y dientes, y les parece una ofensa que el mercado les pida rebajas. Es un doble rasero fascinante: exigen respeto por su propia rentabilidad, pero ven la tuya como una variable perfectamente negociable en un Excel.

Quiero dejar algo muy claro: esto no es un ataque al talento emergente. Respeto profundamente a los freelance y a las agencias que están en su etapa de despegue. Yo estuve en esos zapatos. Trabajé en agencias reconocidas del país, pero el día que decides independizarte descubres un golpe de realidad brutal: corporativamente no eres nadie y te toca arrancar casi desde cero. En ese punto de quiebre, tu único salvavidas es la red de contactos que construiste en el camino; personas que confían en ti porque ya conocen tu ética de trabajo. En ese escenario, toca cobrar económico para armar portafolio y pagar las cuentas. Eso es un proceso natural y respetable de supervivencia.

PEROOOOOO —y aquí es donde pongo la línea roja— una cosa es la tarifa de entrada de quien está validando su modelo, y otra muy diferente es que un cliente corporativo pretenda que una agencia estructurada baje su propuesta económica solo por capricho o por compararla con peras y manzanas. Hace tiempo cayó en mis manos uno de mis libros de cabecera: Bueno, bonito y carito de David Gómez. Los insights de esa lectura se convirtieron en la regla de oro de mi vida. Hay una frase demoledora en ese libro que me tatué en la mente: "Competir por precio es una forma perezosa de competir. Cuando no tienes nada más que ofrecer, lo único que te queda es bajarte los pantalones". Entendí que entrar en ese juego es una carrera directa hacia el fondo donde el único que gana es el cementerio de agencias. Si eres bueno y ofreces un servicio diferenciado, cobrar lo que vale no es arrogancia; es respeto por tu propio talento.

Incluso hoy, con los años encima, sigo aprendiendo a golpes. Hace poco, en un intento de fidelizar a un cliente activo, decidí obsequiarle un par de acciones tácticas gratuitas. ¿Y cuál fue la sorpresa? Que el cliente terminó exigiendo cambios estructurales sobre lo regalado, desvirtuando por completo el gesto. Lección aprendida por milésima vez: lo que no cuesta, no se valora.

Entrar en "Los Juegos del Hambre" de las licitaciones por subasta inversa es un juego perder-perder. Prefiero mil veces proteger la tranquilidad de nuestra operación y la salud mental de mi equipo que inflar un ego ganando un logo famoso que va a desangrar la caja. No siempre se gana ganando la cuenta; a veces, la verdadera victoria está en saber dejarla ir. A los clientes que buscan el precio más bajo les deseo el mayor de los éxitos; el mercado tiene opciones para todos. Pero el valor real no se negocia en una mesa de regateos. Al final del día, la rentabilidad no es solo un flujo de caja positivo; es la paz de saber que trabajas con quien entiende que las grandes estrategias tienen el precio que se merecen.

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