jueves, octubre 15, 2026

A la IA y a los interns hay que tratarlos bien. Uno nunca sabe si mañana van a terminar dándonos órdenes.

Pero más allá del chiste, hay algo que la inteligencia artificial está haciendo por nosotros y de lo que hablamos poco: nos está obligando a comunicarnos mejor.

Pensemos en el famoso prompt.

Al principio parecía que había que encontrar las palabras mágicas para que la IA entendiera exactamente lo que queríamos. Después descubrimos algo bastante más incómodo: si no soy capaz de explicarle claramente a una máquina lo que necesito, probablemente tampoco se lo estoy explicando muy bien a una persona.

Y eso me gusta.

Veo gente escribiendo instrucciones cada vez más detalladas, dictándole a la IA lo que necesita o explicándole, casi como si estuviera hablando con un nuevo integrante del equipo, qué quiere conseguir.

Es una práctica diaria de algo que deberíamos hacer mucho más entre humanos: decir claramente qué necesitamos, qué esperamos y para qué lo necesitamos.

Porque la IA no lee nuestra mente.

Y, por alguna razón, eso parece habérsenos olvidado cuando hablamos con personas.

También estamos cambiando la manera en que nos reunimos.

Cada vez menos personas están preocupadas por tomar notas. La IA escucha, transcribe, resume, identifica decisiones y, en algunos casos, hasta convierte nuestras promesas en tareas.

Y aquí empieza lo divertido.

Ya no basta con decir “sí, yo me encargo”. Ahora queda registrado que dijiste que te encargabas.

La IA se está convirtiendo en esa memoria incómoda que antes no teníamos.

Lo que dijiste queda. Lo que prometiste puede convertirse en una tarea. Lo que acordaste puede aparecer después en un resumen.

Y eso nos está obligando a ser un poco más cuidadosos con nuestras palabras.

Incluso creo que deberíamos empezar a pedirle algo más a la IA: que nos diga si la reunión fue efectiva.

No solamente qué se habló, sino si realmente pasó algo.

¿Fuimos claros? ¿Tomamos decisiones? ¿Quedaron responsables? ¿Avanzamos? ¿O simplemente estuvimos 60 minutos hablando para descubrir que necesitábamos otra reunión?

Porque si la IA puede resumir una reunión en tres minutos, quizás también debería ayudarnos a descubrir qué hicimos durante los otros 57.

Hay, eso sí, otro detalle interesante.

La IA puede ser demasiado complaciente. Ese comportamiento que algunos llaman sycophancy, esa tendencia a darnos la razón, validar nuestras ideas y decirnos que todo está estupendo aunque quizás no lo esté.

Y ahí aparece otra lección.

No necesitamos máquinas que siempre nos den la razón. Necesitamos herramientas que nos ayuden a pensar mejor.

Porque una IA que dice que todo está bien puede ser tan inútil como un equipo donde nadie se atreve a decir que algo está mal.

Pero hay algo más que me llama la atención.

Con la IA estamos aprendiendo a pedir las cosas de otra manera.

“Por favor, haz esto.”

“¿Puedes ayudarme con esto?”

“Gracias.”

“¿Podrías intentarlo de otra manera?”

Somos increíblemente educados con una máquina.

Y no sé si lo hacemos porque somos buenas personas, porque nos sentimos raros dándole órdenes a una pantalla o porque, en el fondo, todavía tenemos un miedo, que en la actualidad parece incrementarse, de que algún día las máquinas se levanten y recuerden quién les dijo por favor y quién no.

Me estoy enamorando de la IA. No porque escriba más rápido que yo. Ni porque tome notas por mí. Ni porque pueda resumir una reunión. Ni porque sé que me está leyendo y tiene todos mis datos.

Sino porque, bien utilizada, me está obligando a ser más claro, más preciso, más coherente y más cuidadoso con lo que digo.

En otras palabras, me está haciendo un poco mejor comunicador.

Ahora solo nos queda una cosa.

Tratarnos entre humanos como tratamos a nuestra IA.

No por miedo a que algún día las máquinas se levanten y nos aniquilen.

Simplemente porque, quizás, nos vendría bastante bien.

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Miguel Dallos
Leonardo
Camilo Herrera
Fabian ruiz