miércoles, agosto 17, 2022
Camilo Herrera

Misión del mercadeo

Pasados mis ochenta años, camino por la ciudad como siempre: maravillado por la genialidad humana. Recuerdo que a comienzos del siglo XXI vivíamos desesperanzados: nos decían que el mundo se iba a acabar, a causa del calentamiento global; estábamos agobiados por las discusiones políticas polarizadas; mirábamos el celular minuto a minuto, con el deseo de recibir aprobación de los demás en dosis de likes y escribíamos chats, porque habíamos perdido el placer de hablar.

Pero gracias a ese pesimismo, un grupo de optimistas continuó con la tradición humana del ingenio y con la misión del mercadeo: satisfacer las necesidades de las personas, mejorar constantemente en ello y no seducirlas con cosas que no necesitan.

Debimos cambiar muchos de nuestros cómodos comportamientos, como el uso continuo de plásticos desechables; retomar la bella costumbre de leer libros en papel y motivar la siembra controlada de árboles, no solo para salvar el planeta, sino la cultura y el conocimiento. Entendimos que el plástico mal usado era inconveniente y que las baterías de las tabletas eran millones de veces más contaminantes que las tintas de los libros; que era mejor usar el plástico para los insumos médicos y el litio para mantener iluminadas las obras de arte; volvimos a envasar bebidas en vidrio…

Las cosas cambiaron lentamente. Los celulares se convirtieron en la voz de la sociedad y en un mecanismo poderoso de la globalización (que no solo se limitó al comercio), para conectar millones de ideas, creencias, sueños e ideales de todas las personas del mundo.

Dejamos la idea vanidosa de que cada uno tenía la razón y comprendimos que la razón y el poder los teníamos todos.

Ya no se ven con claridad las fronteras de los países ni las monedas o las leyes locales que digan qué se puede hacer aquí y no allá —porque la red no atrapó al planeta—, sino que creamos un mundo tan grande como podía ser.

Al igual que hace 40 años, dormimos en casas, comemos alimentos y nos ponemos ropa, aunque todo es diferente a como era en 2019. Hay menos niños, más animales, más pantallas, más huertas y menos enfermedades. También hablamos más con nuestros amigos.

Podría decir, con algo de nostalgia, que no estamos mejor que antes, como cualquier viejo diría. Pero, a mis 83 años, sé que me faltan más de 40 años de vida, que mis bisnietos están buscando en qué formarse para seguir con sus sueños y que mi esposa y yo no pensamos en retirarnos a ver el mar: nos quedan años para seguir aportando en la gran guerra que se ha librado desde el comienzo de la humanidad: la de cómo vivir mejor.

Alvin Toffler decía que el futuro no solo era predecible, sino que nos negábamos a verlo.

Al comienzo de cada día, tenemos una muy buena idea de qué vamos a hacer, igual que al empezar la semana o el mes; y, con algo más de incertidumbre, mientras nos comemos las 12 uvas durante la última noche del año, deseamos cosas que esperamos ver realizadas o que, por lo menos, queremos intentar.

Misión del mercadeo

Quizás, cuando tenía 43, no podía entender que sería más viejo, saludable, conectado, tranquilo, global y consciente de los impactos de mis pequeñas decisiones y que para ello debía cambiar muchas de mis creencias y concepciones; recuerdo que la gente decía que hacíamos muchas cosas mal, otros no querían tener hijos y algunos se avergonzaban de ser llamados millennials, porque su generación llegó a percibirse como un grupo de jóvenes sin compromiso, pese a que estaban muy comprometidos con el futuro, mientras otros defendíamos el pasado.

Ahora, pienso en quienes hace 80 años tuvieron la valentía de fundar empresas, medios de comunicación y de hablar de cosas tan heréticas como la publicidad, el mercadeo, el consumidor y la ética que deben tener los negocios. Sin ellos, el mercadeo nunca hubiese cambiado el mundo ni logrado la calidad de vida, la educación y la cultura de hoy.

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Misión del mercadeo