martes, septiembre 15, 2026
Liliana Fernández

Estamos frente a una maravillosa contradicción: desarrollamos una de las tecnologías más sofisticadas de nuestra historia, capaz de ayudarnos a imaginar el futuro, y una de las primeras cosas que hacemos con ella es pedirle que nos devuelva al pasado.

Y es que hay algo profundamente reconfortante en regresar —aunque sea artificialmente— a épocas que nuestra memoria ha decidido embellecer.

Eso explica mucho más que el último trend que nos devuelve a los ochenta. Explica por qué vuelven los vinilos, las cámaras análogas, los tenis que usábamos hace treinta años, las reediciones, los remakes, las tipografías retro, los empaques que las marcas desempolvan y hasta canciones que, décadas después, encuentran una segunda vida.

La nostalgia dejó de ser solamente un recuerdo. Se convirtió en materia prima cultural, tecnológica y comercial.

Pero hay algo todavía más fascinante: ahora podemos fabricar recuerdos que nunca tuvimos.

Hasta hace muy poco, la nostalgia necesitaba memoria. Yo podía sentirla mirando una de las pocas fotos de mi infancia porque esa foto existía y ese momento ocurrió. Había algo a lo cual regresar.

La inteligencia artificial introduce una posibilidad rarísima: sentir una especie de nostalgia frente a momentos que jamás sucedieron.

Podemos ver cómo habríamos sido en los ochenta, cómo se habría visto nuestra familia en los setenta o crear una fotografía con alguien con quien nunca tuvimos esa foto. La tecnología ya no solo recupera el pasado: también puede inventarlo.

Y aquí aparece otro fenómeno fascinante: la circularidad de las cosas.

La moda nunca regresa exactamente igual. Regresa reinterpretada por la generación que la descubre. Los millennials podemos sentir nostalgia por algo que vivimos y la generación Z puede apropiarse de esa misma estética sin haberla vivido jamás.

Es decir, ya ni siquiera necesitamos haber vivido una época para extrañarla.

Antes recordábamos nuestro pasado. Ahora también consumimos el pasado de otros. Y la inteligencia artificial acelera brutalmente ese mecanismo, mezclando memoria, imaginación y tecnología hasta hacer cada vez más difícil saber dónde termina una y comienza la otra.

Pero detrás de todo esto hay una pregunta que me resulta mucho más interesante.

¿Por qué, teniendo una tecnología capaz de mostrarnos futuros inimaginables, insistimos en pedirle que nos lleve de regreso?

Tal vez porque el futuro genera incertidumbre y el pasado, familiaridad.

O porque la memoria tiene una habilidad maravillosa —y bastante tramposa— para editar lo vivido. Conserva ciertas canciones, olores, personas y momentos, mientras va borrando lentamente algunas incomodidades. Como un algoritmo muy nuestro que, con los años, aprende qué queremos volver a ver.

Por eso probablemente no extrañamos realmente los ochenta. Extrañamos cómo nos sentimos cuando pensamos en los ochenta.

Y es justo ahí donde aparecen las marcas y una enorme oportunidad.

El marketing de nostalgia funciona porque no vende décadas: vende emociones conocidas.

Un cassette puede vender adolescencia. Unos tenis retro, identidad. Una canción puede devolvernos un lugar, una persona o, quizá lo más poderoso, una versión de nosotros mismos que creíamos olvidada.

Durante años las marcas entendieron que podían activar esos recuerdos. Hoy la inteligencia artificial les abre una posibilidad mucho más interesante: no solo ayudarnos a recordar lo que fuimos, sino permitirnos imaginar lo que pudimos haber sido.

Y quizás esa sea la verdadera explicación de nuestra obsesión con regresar.

En medio de tanta tecnología, tanta velocidad y tanta incertidumbre sobre lo que viene, seguimos buscando algo que se sienta conocido. Algo que nos recuerde quiénes fuimos, de dónde venimos o, simplemente, cómo nos sentíamos entonces.

Tal vez todo tiempo pasado no fue mejor.

Pero nuestra memoria es extraordinariamente buena haciéndonos creer que sí.

Si quieres conocer más: Qué compraron las marcas en el Cordillera 2026: el mapa del patrocinio

Miguel Dallos
Leonardo
Camilo Herrera
Fabian ruiz