lunes, octubre 26, 2026

Soy zurdo. Y ahora que buena parte de la industria está buscando qué más puede hacer con inteligencia artificial, a mí me está dando por insistir en algo básico: usar las manos. La izquierda, en mi caso.

Me gusta la IA. La uso. Me ayuda a explorar ideas. Pero hay algo que me hace ruido: lo fácil que resulta dar por buena una respuesta porque está bien escrita. Como si sonar bonito fuera suficiente para tener algo que decir.

En Comunicaciones y social media conocemos esa trampa. La parrilla está llena, el comunicado está listo y la presentación tiene cuarenta diapositivas. Todo parece avanzar. Hasta que alguien hace una pregunta sencilla: ¿y aquí cuál es la idea?

Silencio.

También nos pasa con las tendencias. Vemos que todo el mundo está hablando de algo y corremos a meter la marca. Después buscamos cómo justificarlo. La IA puede ayudarnos a redactar esa justificación en segundos. Convencernos de que era una buena decisión puede tomar todavía menos.

Por eso vuelvo a Austin Kleon y a un capítulo de Roba como un artista que invita a usar las manos. Su propuesta de alternar entre el trabajo analógico y el digital cobra otro sentido cuando tenemos una herramienta capaz de entregarnos algo que parece terminado antes de que entendamos qué estamos buscando.

Una hoja rayada tiene una ventaja: nadie la confunde con una campaña lista para presentar. Todavía podemos meterle mano. Tachar una palabra, unir dos ideas con una flecha o dibujar algo tan mal que toque explicarlo. Y al explicarlo, darnos cuenta de que no se sostiene.

Eso también es avanzar. Aunque no haya una pieza para mostrar al final de la reunión.

Como diseñador, me interesa ver cómo una idea toma forma. Como director de comunicaciones digitales, me preocupa que nos lo saltemos por las ganas de entregar. Porque sacar más contenido es fácil de celebrar. Preguntarnos para qué lo estamos sacando puede incomodar más.

Las manos tienen trabajo ahí. Poner en un papel lo que está diciendo la comunidad. Escribir qué puede sostener un vocero. Mover esas notas hasta ver si la marca tiene un lugar en esa conversación. Y si toca, aceptar que esta vez no lo tiene. Por más que haya que publicar el martes.

Después entra la IA y el intercambio se vuelve interesante. Le llevamos una intuición, le pedimos que la cuestione, probamos versiones y volvemos al boceto cuando algo no encaja. Hay material propio sobre el cual trabajar y alguien que responde por las decisiones.

Ser zurdo no me da mejores ideas. Un lápiz tampoco. Pero sentarme a rayar me obliga a hacerme cargo de lo que estoy proponiendo. A encontrar una razón que pueda defender frente al equipo y al cliente, más allá de que quedó chévere.

Quiero preguntarle al equipo por qué una idea vale la pena y conversar más allá del formato.

Así que, antes de pedirle veinte propuestas más a la IA, pondría una hoja en blanco sobre la mesa y preguntaría: ¿qué queremos decir nosotros?

Yo empezaría por ahí. Con la izquierda.

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