martes, mayo 19, 2026
Laura

Susana y Elvira es uno de esos casos que muchos han visto, leído o escuchado… pero no todos saben exactamente qué es.

Nació como un blog hace más de dos décadas, cuando internet todavía era un espacio más libre que estratégico, y rápidamente se convirtió en una voz descomplicada, honesta y profundamente conectada con su audiencia. Con el tiempo, evolucionó a libros, webserie y hoy llega al cine, consolidándose como uno de los pocos casos en Colombia de expansión narrativa sostenida en el tiempo.

En un momento en el que todas las marcas quieren ser multiformato, vale la pena mirar con más atención los casos que lo lograron antes de que existiera siquiera ese término.

Susana y Elvira no nació como una estrategia de contenido. No hubo planeación de canales, ni arquitectura de marca, ni una hoja de ruta transmedia. Nacieron como una necesidad narrativa: decir algo que no se estaba diciendo hace 18 años. Y eso cambia completamente el punto de partida.

Porque cuando el origen no es estratégico sino auténtico, la expansión no responde a la presión de estar en todas partes, sino a la lógica de la historia.

Ahí está la primera diferencia clave frente a muchas marcas hoy.

El paso del blog a la webserie hace casi 15 años no fue una adaptación de contenido, fue un cambio de lenguaje. Mientras muchas marcas siguen trasladando el mismo mensaje a distintos formatos, Susana y Elvira entendió algo que todavía no es tan evidente: cada formato exige una narrativa propia.

No se trata de replicar. Se trata de reinterpretar.

La evidencia está en los números, pero sobre todo en el comportamiento en el tiempo. Episodios que superaron las 700.000 visualizaciones en un momento donde el video digital apenas despegaba, y que hoy, más de una década después, siguen acumulando vistas. Eso no es viralidad. Es una relevancia sostenida.

Y aquí aparece un segundo punto que debería incomodar a la industria: la diferencia entre alcance y permanencia.

Muchas estrategias actuales optimizan para el corto plazo —views, clics, interacción inmediata—, pero pocas construyen activos de contenido que sigan generando valor años después. Susana y Elvira, sin proponérselo desde la lógica de negocio, construyó un archivo vivo.

No porque pensaran en SEO o distribución, sino porque lograron conectar con tensiones humanas que no caducan: relaciones, decisiones de vida, contradicciones personales.

El tercer aprendizaje tiene que ver con la consistencia de marca.

A pesar de los cambios de formato —blog, libros, serie y ahora cine— hay algo que no se negoció: la voz. Esa honestidad brutal que definió el proyecto desde el inicio no se suavizó para alcanzar audiencias más grandes, ni se moldeó para responder a tendencias.

Y eso es particularmente relevante hoy, cuando muchas marcas diluyen su identidad en el intento de ser relevantes en nuevos canales.

La expansión de Susana y Elvira no fue horizontal, estar en más lugares, sino coherente, ser las mismas en diferentes lenguajes.

Finalmente, está el punto más subestimado: el timing.

Este no es solo un caso de adaptación a formatos, sino de lectura cultural. Llegaron al blog cuando ese era el espacio de conversación. Al video cuando el consumo empezaba a migrar. Y ahora al cine, no desde la nostalgia, sino desde una audiencia que ha madurado con ellas.

María Fernanda Moreno y Marcela Peláez, creadoras de Susana y Elvira, no corrieron detrás de la tendencia. La entendieron a tiempo.

En una industria que hoy romantiza el concepto de transmedia, este caso plantea una pregunta incómoda: ¿cuántas marcas están realmente construyendo universos narrativos, y cuántas simplemente están fragmentando contenido para cumplir con un plan de medios?

Porque estar en muchos formatos no es una estrategia.

Tener algo que decir, y saber cómo traducirlo en cada uno, sí lo es.

Y si aún no lo sabían: sí, Susana y Elvira, después de 18 años sigue siendo una marca exitosa que ahora llega a cine.

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Miguel Dallos
Leonardo
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Fabian ruiz